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Siete años remoto: el síndrome del impostor no se fue, pero ya es mucho menos

Siete años trabajando remoto desde El Salvador para equipos de Estados Unidos. El síndrome del impostor no se me fue de golpe, se fue encogiendo.

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Los primeros años, cada vez que me preguntaban algo en una llamada, sentía que tenía que tener la respuesta ahí mismo. No "déjame revisarlo". La respuesta.

Hasta que un día oí a alguien del equipo contestar "mmm, I need to check" y seguir tan tranquilo. Nadie lo anotó, nadie lo miró raro, la reunión siguió. Yo llevaba meses cargando una regla que nadie había escrito.

Trabajo remoto desde 2019, casi siempre para equipos de Estados Unidos, siempre desde El Salvador. El síndrome del impostor no me lo impuso nadie: me lo puse yo.

Nadie me trató de menos#

En 2019 entraba a cada llamada sintiéndome de menos. No por nada que alguien hubiera dicho. Por mi inglés, por venir de donde vengo, por no haber estudiado donde ellos estudiaron.

Y aquí va lo importante: nunca me trataron así. Ni una vez. Nadie me hizo sentir menos, nadie me habló distinto, nadie me dejó fuera de nada. Era yo, predispuesto por alguna razón que todavía no termino de entender. Y no soy el único: Daniel Reis cuenta casi lo mismo desde Brasil, con un equipo europeo y el mismo miedo al micrófono.

Eso es peor de lo que suena, porque si alguien te trata mal tienes algo contra qué pelear. Cuando es tuyo, no hay a quién reclamarle. Solo se nota en detalles.

Como los story points. Yo siempre decía un número que me parecía correcto, sin pensarlo mucho, y después me quedaba dándole vueltas a si iban a sentir que era "mucho". No si el número estaba bien. Si ellos iban a pensar que me estaba tardando demasiado. Nadie me lo pidió.

O Slack. Escribo más formal en inglés que en español, y leo cada mensaje tres veces antes de mandarlo. Todavía lo hago: tengo un proyecto en Claude que uso solo para eso, para que me revise lo que voy a escribir antes de escribirlo. No es inseguridad, es edición. El problema es cuando editar tarda más que la conversación. Nadie me lo pidió.

El acento que no entendí no fue el mío#

Lo que sí me costó de verdad fue el inglés, pero no como yo pensaba.

Todo el tiempo me preocupaba mi acento. El día que de verdad no entendí nada fue en una llamada con gente de otra parte del mundo que tampoco tenía el inglés de lengua materna. Esto antes de que yo tuviera subtítulos automáticos ni notas de reunión en cada llamada. Me quedé una hora sin agarrar una frase completa.

Ahí caí en cuenta de que el inglés no era mi problema personal. Es el problema de todos en una llamada donde nadie lo tiene de lengua materna.

Todavía pronuncio mal cosas y todavía uso el tiempo verbal equivocado. Y no ha pasado nada, porque se entiende el punto igual.

Esperé a que fallara lo caro#

La primera vez que dije "esto está mal" sin suavizarlo fue sobre un cambio que no entregaba valor. Armé mi caso, lo dije, y estuvieron de acuerdo. Así de simple. Todo el miedo acumulado para eso.

La que me duele es otra. Había un problema de rendimiento y el equipo apuntó a la infraestructura: la solución iba a ser escalar.

Yo pensaba que el problema estaba antes, en el código, y que escalar solo iba a mover el techo un poco más arriba. No lo dije. Esperé a que lo intentaran, a que no funcionara, y hasta entonces abrí la boca.

Tenía razón. Y no sirvió de nada, porque para cuando la dije, el equipo ya había gastado el intento.

Esa es la cuenta que nadie te pasa: la diferencia entre decirlo el primer día y decirlo después de que falle lo caro es tiempo y dinero del equipo. Tener razón tarde cuenta lo mismo que no tenerla.

En remoto, lo que no se ve no existe#

Si tuviera que decirle una sola cosa a alguien de aquí que empieza mañana con un equipo de allá, sería esta.

Si estás trabado y no lo dices, para el equipo estás avanzando. Si terminaste algo y no lo cuentas, para el equipo no lo hiciste. Si tienes una idea y te la guardas, nadie la va a saber nunca.

Una prueba que me sirve para saber si me estoy achicando: si mi manager tuviera que escribir mi evaluación solo con lo que ve en Slack y en los pull requests, ¿qué diría? Lo del código y el escalado no habría salido ahí. Tenía la respuesta correcta en un lugar donde nadie la podía ver.

Y aquí es donde las dos cosas se juntan. Cuando uno se siente de menos, la reacción natural es achicarse: hablar poco, no preguntar, no molestar. Es exactamente lo contrario de lo que el trabajo remoto necesita.

Lo que me sacó de ahí no fue convencerme de que era igual de capaz. Fue obligarme a hablar hasta que se me olvidó que me costaba.

Y lo primero que cambié fue la unidad de medida. En 2019 trabajaba para parecer disponible: responder rápido, estar conectado, que se notara que estaba ahí. Después empecé a trabajar por objetivos: qué entrego esta semana, qué está trabado, qué necesito de quién. Cuando eso está claro y a la vista, nadie necesita verte en línea. Hoy es lo primero que le diría a alguien que empieza.

Siete años después#

El síndrome del impostor no se fue. Pero ya es mucho menos.

Lo que todavía me cuesta es dar mi opinión en caliente. Si el tema sale de la nada en una llamada, me cuesta soltar el argumento sin antes pasarlo por la cabeza en inglés, o sin un borrador corto. He mejorado, pero sigue ahí.

Y es exactamente el mismo miedo de los primeros años, el de tener que llegar con la respuesta lista. Siete años después, del tamaño que cabe en una frase.

Lo demás#

Tres cosas más cortas que aprendí tarde:

El día no termina solo. En una oficina agarras tus cosas y el camino de regreso hace de frontera. En remoto no hay puerta y siempre hay un mensaje más.

A la gente hay que ir a buscarla. Puedes pasar días sin ver a nadie fuera de tu casa y no lo notas hasta que pasó la semana. Veo a mis amigos, salgo con mi familia, saco a los perros, salgo con mi esposa. Escrito así suena obvio, pero al principio no lo hacía.

La silla. Trabajé años en lo que tenía a mano, con el cuello doblado sobre una laptop. Invertir en ergonomía fue de lo mejor que hice y lo hice tarde.

Sigo trabajando desde la misma ciudad, para equipos que están a miles de kilómetros. Si estás empezando y te sientes de menos en las llamadas: a mí también me pasó, y no se arregla convenciéndote de nada. Se arregla hablando.

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